Pensaste que al salir ibas a sentir libertad. Y hubo un poco de eso, sí. Pero después llegó la visita que nadie anuncia: la culpa. ¿Cómo no lo vi? ¿Por qué aguanté tanto? ¿Qué hice con esos años?
Y de repente el juicio cambió de acusado: ya no es la persona que te lastimó. Sos vos, por haberte quedado.
Te quedaste por razones que tenían sentido
Mirá la escena completa: no te quedaste por tonto ni por débil. Te quedaste porque amabas, porque tenías esperanza, porque el manual decía que el amor todo lo puede, porque irse daba terror, porque nadie te enseñó a distinguir aguantar de amar. Te quedaste con la información y las herramientas que tenías entonces. Hoy tenés otras — justamente porque pasaste por ahí.
Juzgás a tu yo del pasado con la claridad que ganaste saliendo. Es hacer trampa: esa claridad no existía adentro.
La culpa te hace tres trampas
- Te hace creer que el tiempo fue “perdido”. No lo fue: fue el tiempo que te costó aprender algo que nadie aprende gratis.
- Te aísla: te da vergüenza contar cuánto aguantaste, y el silencio agranda la herida.
- Te pone en guardia contra vos: si no confiás en tu criterio pasado, empezás a dudar de todo tu criterio. Y sin criterio propio, quedás a merced del próximo que hable fuerte.
Hacer las paces con la que se quedó, con el que se quedó
Ejercicio
La carta al que aguantó
- 1.Escribile una carta a tu yo de esa época. Pero ojo: no de juez a acusado. De compañero a compañero.
- 2.Contale lo que hoy sabés. Agradecele lo que hizo para sobrevivir ahí adentro. Incluso quedarse fue, a su manera, una forma de cuidarte que hoy ya no necesitás.
- 3.Terminá con una frase sola: “hiciste lo que pudiste con lo que sabías. Ahora sigo yo”.
- 4.Guardala. El día que vuelva la culpa, se la leés.
No te quedaste porque valías poco. Saliste porque valés mucho. Quedate con esa parte.
El perdón que más cuesta casi nunca es hacia el otro. Es hacia uno. Pero es también el único que te deja las manos libres para lo que viene.
Laureano
